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El autoempleo, también cuestión de red

Durante la última década, particularmente en EEUU, casi el 80% de los nuevos puestos de trabajo han sido a tiempo parcial, cubiertos por profesionales que realizan un ejercicio libre de su profesión y que son contratados por proyecto, por periodos de corta duración o incluso para tareas concretas.

Este modelo de trabajo, que se ha venido a denominar gig economy o autoempleo, tiene ventajas e inconvenientes, simpatizantes y detractores. Los optimistas ven un futuro lleno de emprendimiento e innovación, mientras que los pesimistas consideran que es la puerta a un mundo de profesionales poco comprometidos compitiendo ferozmente por una hora de trabajo. La revolución industrial transformó una sociedad de oficios en una sociedad de asalariados. Una nueva revolución tecnológica, la revolución digital, es en gran parte responsable del regreso a una economía de intercambios individuales, con dimensión global, favorecidos por la digitalización del capital social que, a través de las redes sociales, aumenta la confianza entre individuos que casi no se conocen.

Las plataformas de economía compartida están creando puestos de trabajo donde la flexibilidad juega a favor de aquellas personas, muchas de ellas mujeres, para las que un trabajo de nueve a cinco no encaja en su ciclo vital. Las posibilidades se amplían para los trabajadores cualificados que con un ordenador pueden proporcionar servicios desde cualquier lugar y casi en cualquier momento. Abogados, contables, consultores, programadores o periodistas, son algunas profesiones que cada vez más se ejercen en red. También es una ventana de oportunidad para aquellos profesionales con experiencia y conocimiento que encuentran en esta fórmula una posibilidad real de alargar su vida profesional.

Por otra parte, se ha favorecido la incorporación de otros perfiles menos cualificados al mundo del emprendimiento y de la generación de nuevos negocios: se puede ejercer como conductor cuando te convenga o vender productos hechos desde casa. La posibilidad de contar con una fuerza de trabajo flexible reduce el perfil de riesgo de las nuevas experiencias empresariales y facilita la creación de empresas con menor acceso a capital, aumentando la incorporación al mundo empresarial de aquellas personas que, como suele suceder con las mujeres, tienen una menor avidez por el riesgo.

Para el empleado, este modelo significa libertad, empoderamiento y la posibilidad de organizar su horario y dejar espacio para la vida personal y familiar. El empleador gana en flexibilidad frente a reducciones y cambios en la demanda y accede al talento que necesita y cuando lo necesita. Pero no todo es positivo. El empleador reduce su riesgo y a la vez el compromiso de su plantilla. El riesgo se traslada al empleado que es quien asume la posibilidad de no tener trabajo. Además, la actualización permanente de conocimientos se convierte en un factor clave para que un profesional de la economía compartida pueda mantenerse en activo y la formación de calidad no es barata.

El autoempleo cumple una función social relevante y está aquí para quedarse. Necesitamos una sociedad concienciada, que dé mejor cobertura y facilite una red de servicios a esta nueva clase de trabajadores. Aquellas empresas que sepan estructurar mejores modelos de relación con esta fuerza de trabajo flexible y concienciada de la necesidad de actualización permanente, tendrán una ventaja competitiva para atraer talento y conseguirán compromiso a largo plazo. La nueva ley de autónomos parece apuntar en esa dirección, pero todavía queda recorrido.

Fuente: elmundo.es

 

Fernando Neumeyer

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